miércoles, 13 de noviembre de 2013

Capítulo 1.3 El conejo blanco

  Mi primer paciente de hoy es un habitual, un hombre joven casado y con hijos. Al principio venía con su mujer para una terapia de pareja. Lo típico, hijos pequeños, no hay pasión, se aburren el uno del otro y sueñan cosas raras. Sobre todo él, ella en realidad parecía tranquila y serena. El problema era del hombre, no era feliz. Cuando vienen así siempre les pregunto lo mismo —cuando estáis separados, en el trabajo, ¿os echáis de menos? ¿Contáis los minutos como hacíais cuando erais novios para veros?— Casi todos contestan que si, cuando en realidad es mentira. Él tardó un poco más en decir si, suficiente para que yo viera de qué pie cojeaba. Suficiente para ver que ella lo quería y él no. Poco a poco con la terapia se fue metiendo en vereda y pude adormecer su mente para que no echara por la borda el matrimonio, contándole las maravillas de su pareja, de la vida, del futuro con los hijos… Así me gano la vida, es mi dinero, y al fin y al cabo, son felices. No piensan, simplemente se toman sus pastillas para no luchar, ni soñar, ni salir corriendo. Esas pastillas se llaman tardes de fútbol con los amigos, cafés con las amigas, cine en pareja, comidas familiares, viajes empaquetados con pulseras todo incluido, un carrito de la compra lleno y otras banalidades varias como un coito semanal (ya se pueden poner a dar saltos de alegría), seguros médicos privados donde te blanquean los dientes y sentirse un atleta de élite desde que existe el Decathlon y la gente juega al pádel. Pura adrenalina para la extensa clase media que no sale de su zona de confort.

  Pero a los pocos meses de acabar la terapia, mi paciente volvió. Volvió solo, y me confesó lo que yo ya sabía. Infelicidad. Amantes. Mentiras. Y aquí me está llorando sus penas. Yo le digo que ha hecho lo correcto. La mente humana nada tiene que ver con la actitud humana, a veces parece que actúan cada una por su cuenta, sin hacerse caso. No están acompasadas. No se valoran la una a la otra. Fallo terrible. ¿Qué cadenas son las que nos impiden hacer las cosas que realmente queremos? Las posesiones, ni más ni menos. El terror a sentirnos desprotegidos por no tener cosas materiales o socialmente válidas, como jugar a las casitas y casarse y tener hijos, una hipoteca, un coche y viajar en avión, donde todo el mundo hace los mismos chistes sobre las compañías low cost. Bah, a mi la vida de mis pacientes me importa bien poco. Soy una farsante, pero es que ellos también lo son. A algunos los detesto, otros me dan pena, otros coraje, la mayoría sufre por sus propias decisiones, pero quién soy yo para cambiarles la vida si ellos no lo quieren hacer. Lo único que quieren es dejar de sentirse desgraciados, "drograrse", y aquí es donde entran las técnicas para que se sientan cómodos en sus cajitas de dos por dos. Si supieran cúan parecidas son las vidas de unos y otros. Les asustaría. Yo solo muevo algunos hilos de sus personalidades, no dejan de ser marionetas. Pero es que todos lo somos, marionetas de tras al cuarto con mismas sonrisas, gustos, creencias, llantos... y todos poseemos el mismo tipo de cosas y vivimos en casas que son primas hermanas unas de las otras.  Iguales. Borregos.

  Mi hermana mayor vive en un barrio más bien pijo. El otro día fui a verla y paseamos por la calle. Vi manadas —realmente lo son— de niñas adolescentes vestidas y peinadas exactamente igual. Me dieron miedo. Todas tenían una melena larga, casi todas lisas, raya en medio o al lado, todas llevaban zapatos planos, gamas de colores iguales, pantalones cortos o leggins. Se hacían fotos y posaban. He visto lo que hacen. Mi sobrina lo hace. Suben al Instagram centenares de instantáneas posando como si fueran modelos. Hacen gestos. Se autorretratan. No ponen monumentos o detalles, solo sus caras, cuerpos, y si es posible, los botellones que hacen. Los chicos hacen lo mismo, he visto sus flequillos tapándoles un ojo y las camisetas por fuera y pantalones cortos. Usan alpargatas, como las que llevaba mi abuelo. Hay miles, por todos lados. 

Lista de cosas que me atraen de los hombres:

—Los hombros — los antebrazos fuertes — el culo — el pelo — las narices grandes e imperfectas — los pies — los dientes —.

  No, no he dicho pene. Sé que ellos creen que es en lo que pensamos las mujeres, pero no. Ni larga, ni gorda, ni morcillona, nos da igual, antes nos fijamos en otras muchas cosas que alientan nuestro deseo sexual, no el dichoso detalle de cómo tienen el pene o si tienen canas púbicas. Ahora se lleva el aspecto desaliñado. Barba de tres días o un poco más, pelo más largo, camisas por fuera, eso sí, la moda de pantalones caídos donde se ven los calzoncillos no, es un grave error. Eso no pone a nadie. Ni siquiera a las chonis que enseñan el tanga por detrás, bueno, puede que a ellas si, pero al resto no. Si tuviera que definir a un prototipo de hombre ideal para mi sería alto, fuerte, con barba, ojos oscuros y por supuesto, una gran nariz. No aguileña ni chata. Grande. Puede que sea mi único fetichismo. A otros les ponen las rubias, o los pies, o los culos redondos, o los vientres planos o las tetas desorbitantes. A mi las narices grandes. Tienen personalidad. Sin embargo, no importa qué más tienen grande… bueno, los pies grandes también me gustan. No puedo salir con un tío que use un 40 de pie. Mínimo 45. Y que use bóxer, nada de calzoncillos largos de esos que parecen pantalones. Los slips… depende, pero no. Pero si es atractivo a la vista, luego tiene que entrar por la voz,  luego por lo que diga, y por lo que sepa. De nada me sirve si no tiene una voz grave. Y además soy exigente en cultura. Últimamente me he encontrado con algunos que no hacen otra cosa que hablar de programas tales como Master Chef o una cosa que llaman tróspidos. Me aburren soberanamente. Me importa una mierda la crema de vainilla que le pongan a una tarta o quién es el mamarracho que se quiere casar con la hija de una chabacana. Les pongo la cruz inmediatamente como me hablen de tales estupideces. Y si se depilan, otra cruz. Por no hablar si tiene una uña larga porque toca la guitarra, una vez por poco vomito cuando el tipo en cuestión quiso meterme ESA uña. Reconozco que me pasé. Fue mi primer muerto. Pobre. Le corté la uña y la tengo guardada.

Los hombres suelen tener fantasías eróticas extrañas, Internet lo ha acrecentado enormemente. No digo que antes no las tuvieran, pero me imagino que eran más simples, cualquier redondez femenina ya les suponía una erección. Ahora reclaman más. Son sibaritas hasta para eso. Piden y piden fotografías. Las miran. Imaginan. Se limpian. Otros quieren lluvia dorada. Besos negros. Les han puesto unos nombres enigmáticos y misteriosos para que suene medio bonito lo que es una cerdada  asquerosa y repugnante. Y luego salen herpes. Mi únicas fantasías son paisajísticas o escénicas. Una encimera, una palmera, un sillón... 

  Cuando he vuelto a mediodía a casa todo estaba solucionado. Ni muerto, ni agua, ni luces, ni móvil, el cual he destripado y quemado. Y seguía sin aparecer nada en las noticias. Volvía a mi vida normal, recuperaba mi casa, aunque debo ser más precavida. Puede que las ansias me hayan llevado a no hacer las cosas bien. Hubo una época en que tenía mucha ansiedad, y mi forma de calmar la ansiedad era que me echaran una tirada de cartas del Tarot. Bueno, también empecé a salir de noche buscando compañía, pero no me iba al bingo a cantar línea, ni me emborrachaba a diario, ni tomaba drogas, ni hacía deporte, y tampoco iba de compras compulsivas. Simplemente me calmaba que una señora de mirada perdida, pelo largo y ensortijado, morena y con los labios rojos me dijera que todo iba a ir bien, o que estaba en un pozo donde aún tardaría un poco en salir, pero que definitivamente al final todo saldría bien. No tiene lógica, pero ¿es que algo lo tiene? Soy psicóloga, sé de eso. Les digo a mis pacientes lo que deben hacer, lo que es bueno para ellos y lo que no, lo que les influye negativamente o lo que les supone un punto a favor. Y todo eso se aprende en los libros, de hecho, todo está en internet. Menos la intuición, menos lo ilógico, menos las chorradas. Las chorradas nunca tienen sentido. Y a mi es lo que me calmaba. Y funcionaba, unos días al menos, y luego cuando me entraba otra vez me acordaba y me decía a mi misma, paciencia. Claro que todo esto pasaba cuando yo “creía” en todo. En el destino, en el más allá, en los ángeles guardianes, en los santos y profetas. Ahora me busco la vida. Ahora sigo al conejo blanco. 


  Voy a ser sensata y no saldré en un mes al menos. En la televisión siguen sin decir nada, no hay desaparecido, no hay sospechoso. Bien.

  Octubre es mi mes favorito. Empieza a refrescar y aún se tiene el sabor del verano, es el mes perfecto. Ya entrada la rutina, el tráfico, los camareros del café de abajo, las tiendas llenas a todas horas, mañanas sin niños en las calles, sin gritos, y dormir tapada. Yo siempre duermo desnuda, da igual si es verano o invierno, no me gusta el roce de la ropa en las piernas, me incomodan los pantalones de pijama, o los camisones o camisetas que se relían, yo duermo desnuda. Si tuviera hijos también dormiría desnuda delante de ellos. Pero no los tengo. Pero si los tuviera lo haría. Recuerdo a mi madre y a mi abuela con camisones largos, batas de encajes en cuellos, y me horrorizo de pensar que tenían que dormir así. El principio de la doble moral de hoy en día es el pudor. Todo empieza ahí. Pudor por enseñar ciertas partes del cuerpo a allegados, enseñar a los niños a taparse, a que eso no se hace, no se enseña, ni se nombra. Y por supuesto, no se toca. La vergüenza sobre la naturalidad del cuerpo humano. Ya sé que hay playas nudistas, albergues y campamentos naturistas, hasta pueblos enteros, donde viven en la total libertad de la desnudez. Bien por ellos. Aunque no me refiero a eso, sino a que aceptemos con sencillez las cavidades corporales, por decirlo de alguna manera. Que no, que no hay que ir enseñando nada por la calle, pero en casa de uno, con la pareja, con los hijos… hay más complicidad. A más defectos más armonía. Menos tontería. Si tengo hijos algún día me acordaré de mis palabras.

  He guardado un recuerdo de Guillermo. Ya que ha desaparecido de la faz de la tierra creo que le debo un pequeño homenaje ético y he guardado sus calzoncillos. Calvin Klein. Los he puesto con el resto de las cosas. Pero están lavados, claro. Lo que me faltaba es tener unos gayumbos con olor. Por supuesto si hubieran tenido palominos los hubiera quemado directamente. Ha sido más fácil de lo que creía. La culpa la tuvo él. No sé por qué tienen que decir cosas que hieren a una en el peor momento. Si ya se iba a ir, para qué diablos dijo esa tontería. Estúpido. No estaría muerto, estaría con su mujer o en una reunión organizando el próximo congreso en Valencia. O en Roma. Pero no, ellos tienen que tener la última palabra, tienen que estropearlo. Si ya no lo iba a ver más. En fin, peor para él. No puedo decir que ya aprenderá porque no va a tener ocasión, pero que se lo hubiera pensado antes. No se puede ir por la vida ofendiendo a la gente, juzgando sin saber. Ya nadie tiene respeto por nadie, aunque todo el mundo vaya de buen rollito y reinen las hermandades, afinidades y el compañerismo. Todos criticamos, todos opinamos, a todos nos gusta hablar de éste o aquel, de la zorra de la amiga del quinto o la insoportable cursi del colegio. Creo que voy a tener que dejar de comerme las uñas un tiempo. O ponerme unas de porcelana. He pensado que podrían ser útiles. Hace poco leí en un libro que una regañá es un arma mortífera bien partida. Y un arma natural, fácil de destruir. El problema sería la sangre. Si, sería un problema. No soporto la sangre excepto cuando tengo la regla. Solo tolero la mía. La demás me da un asco terrible. Pero la mía podría mirarla y mirarla. Tan roja, tan oscura. Cuando era pequeña pintaba dibujos con mi propia sangre. Hacía mariposas y corazones en papeles blancos. Mamá los colgaba creyendo que eran acuarelas. Creo que no le hubiera gustado saber la verdad, empecé a fingir porque sabía lo que los demás aceptaban y lo que no. La gente no suele comprender. No ve más allá de sus narices. La gente solo vive en un plano.

Llamarme loca a mí. Es lo que faltaba.

3 comentarios:

  1. Spooky, I am also a psychologist (forensic) I can now identify with Fantina lol. I am finding your blog more exciting than reading a book as I have to patiently wait in anticipation for each instalment. :-)

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  2. Thank you!! Your comments encourage me, and now that I know that your are a psychologist I have to make an effort to build a credible Fantina. LoL.

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  3. Qué bueno Ana! Esta psicóloga es una pasada! más! más!
    Un genialidad: "... para que se sientan cómodos en sus cajitas de dos por dos." Otra: la descripción de los atuendos de las tribus urbanas. Y de premio, refiriéndose al de la uña: "Fue mi primer muerto" jajajajaja y encima se guardó la uña jajajaj
    El regreso a casa y verlo todo solucionado es la clave de la personalidad de la psicóloga. Genial!
    En fin, me encanta. Un beso Ana :)

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