miércoles, 20 de noviembre de 2013

Capítulo 1.5 Matar al conejo blanco. Me quedo con su reloj.

  Dicen que la melancolía es un estado de bienestar para las personas tristes. La lluvia, los días oscuros, los iones negativos rotos que danzan con el aire cuando se estrellan contra el suelo. Los relámpagos, rayos y truenos, el olor a tierra mojada, los granizos en el hueco de una mano... Las miradas de reojo y la ansiedad de querer dar la vuelta al mundo y no poder. La tristeza de que nada suceda. La nostalgia de un recuerdo, o un deseo, o un sueño imposible.

  La tristeza es una mierda. Lo digo yo. Ni recuerdos, ni sueños ni imaginaciones ni leches. Ni querer es poder siempre ni el tiempo lo cura todo. La única forma de ser libre es sangrar las heridas, pero eso no quiere decir que se aleje la tristeza, simplemente se es más valiente por dejar que escueza hasta que cicatrice, y no taparla con melindres. Pues menuda soy yo con las tiritas. El sufrimiento no se evita ni se tapa, se pasa, dure lo que dure. A corazón abierto.

  Esto, por supuesto, lo hacen pocas personas, y además la mayoría no quiere, si hubiera una pastilla para olvidar la tomaría el 90% de la población. Yo intenté no tomar pastillas cuando David se marchó, quise ser fuerte y llorarlo, y quererlo, y extrañarlo. Pero un día me rompí por dentro y la soledad me pudo. Y busqué otros tactos que me calmasen. Bocas sedientas de mentiras, manos torpes que tocaran mi cuerpo. Como me da igual es más fácil. Como no siento, es más manejable y puedo sobreactuar. Hago lo que quiero. Y si me duele me aguanto, que es lo que hay que hacer.

  El tipo de ayer por ejemplo me metió la lengua hasta el esófago. Oye qué manía que crean que un beso de tornillo tenga que ser como una pelea de culebrillas. Así que le mordí un poco, suficiente para decirle que se metiera la lengua donde le cupiera. El polvo en sí no estuvo mal. Pero llevo unos días que no estoy tranquila. Quizá haya demasiado silencio alrededor. Cuando hay tanto silencio se escucha mejor el interior. No quiero. Duele. No quiero dolor. A veces los hombres me piden que me desnude despacio delante de ellos. Me gusta hacerlo. Siempre comienzo quitándome las medias y se las tiro. Es pura basura, pero les encanta. Los siento en una silla. Me acomodo encima para excitarlos y que me toquen la espalda mientras me quito el vestido y básicamente les pongo las tetas en la cara. Un par de movimientos de cadera y un beso largo y me levanto. La cara que tienen en ese momento todos debería enmarcarse. Están inmóviles, esperando el próximo movimiento, esperando una reacción. Si me caen simpáticos hago el truco del tacón, lo voy subiendo despacio por su muslo y lo coloco al lado de su cadera, me acerco más y me quito el sujetador. Y en este momento es donde existen varias versiones de hombres. Están tan erectos que el calzoncillo les duele, unos se lo quitan, otros se sacan el pene y se tocan, otros agarran mi mano para que lo haga yo, o se les cae la baba, normalmente no suelen hablar, o me cogen y me sientan, me llevan a la cama, me besan con ganas, y por supuesto, están los sobones que no tienen ni puñetera idea de cómo hay que tocar a una mujer. Tocan los pezones como si estuvieran apretando una bombilla, sin ritmo, o quieren tocarlo todo a la vez y no llevan un compás. El culo, las caderas, los muslos, directamente quieren meter la mano abajo... no saben. Muchos tienen eyaculación precoz, lo cual es de agradecer cuando la cosa se pone aburrida y sé que no me va a gustar.


Lista de manías: — dejar medio centímetro de café cuando bebo uno en el vaso — no pisar nunca rayas blancas en el suelo — escribir con el dedo la misma palabra muchas veces en el cristal de la mesa del salón si veo la tele — ordenar la ropa interior por cronología de compra — mirarme en el espejo cuando lloro—.

  Este fin de semana me han invitado a una casa rural, que está muy de moda entre la gente chic. En verano se van a hoteles donde pongan mojitos en la piscina y tengan por supuesto guarderías 24 horas para niños, y en invierno lo que se lleva es coger leña del campo para la chimenea. Es algo así como recordar el sabor de los tiempos pasados pero de una manera social, trabajar pero que quede bien, coger un poco de leña, hacer barbacoas, vestir a los niños con colores de hospicios del siglo pasado y con pana, jugar al Trivial, a las cartas, comprar copas de balón, jamón ibérico, las croquetas caseras de la madre de alguien, la tortilla de patatas, espaguetis con tomate para la infancia, limones y muchas risas clonadas, como siempre. Me he negado por supuesto. No pienso salir de la cama. Que aguanten a sus niños y a sus chistes otros. Pero he fingido una cita, un chico inexistente, lo cual ha desatado risitas y tópicos que yo aliento.

  Mi dormitorio tiene la pared de la cama de color gris oscuro, la cama es de hierro forjado, grande. Mi mesita de noche es blanca y siempre está llena de libros, de pañuelos de papel, tarjetas de visita, alguna pastilla, un lápiz o bolígrafo y un vaso de agua. Escribo en los libros, subrayo frases o palabras que me gustan. Luego se me olvidan. Me gustan los edredones de pluma en invierno. Y cuando duermo siempre me pongo una almohada entre las piernas. He puesto un espejo grande justo en la pared de mi lado, haciendo esquina con la mesita, porque me gusta mirarme. A los visitantes les agrada pero por otras razones. Uno que se llamaba Luis sacó su móvil y se puso a grabar el espejo mientras estaba encima de él. Se lo quité y lo estampé contra el suelo. No me pidió permiso. Creo que también dijo algo sobre un desequilibrio mental. Porque me pilló de buenas. Lo eché y ya está. Es un espejo con un marco barroco, recargado, destaca sobre el resto de los muebles. Cuando me miro imagino que lo puedo atravesar e ir a donde yo quiera. Como Alicia... Alicia tenia prisa para todo, quería ir rápido a todos los sitios, por eso seguía al conejo blanco y a su reloj. Yo quiero matar al conejo y destruir ese maldito reloj. Siempre quieren alcanzar algo que no saben qué es, ni piensan en los compases. Yo, sin embargo, voy buscando bombas por todos lados, quiero romperlas y explotarlas. Quiero un mundo lleno de peligros que esquivar simplemente para poder vivir tratando de sobrevivir, para no pensar, para no aburrirme, para no parar. Un mundo donde la tristeza no sea un pozo de agua estancada, sino un mar embravecido que te haga nadar o morir. Nadar o morir.... nadar o morir... no hay tiempo para flotar. Quiero coger ese reloj.

  Me he apuntado a un curso para hacer cupcakes. Odio las cupcakes, son empalagosas y mantecosas. Cúrsiles. Pero me gusta meter las manos en la masa, es un placer. Además me lo ha pedido mi amiga Julia y tengo que cumplir con un mínimo de actos sociales, así que le he dicho que sí. Y que me gustan. Sobre todo las que tienen canela o limón. Julia quiere hacer de celestina. Me quiere buscar novio, cree que soy una célibe triste que solo se dedica a trabajar y a ir de compras. Siempre me habla de sus amigos y a mi me aburre. Su consulta dentista está al lado de mi despacho y es perfecta para aparentar que tengo relaciones normales. A veces salimos con sus amigos y vamos a beber vinos. Esta mañana ha venido a verme y me ha propuesto lo de las magdalenas tuneadas. También he ido con ella a talleres de reiki, a cursos de automaquillaje y también aprendimos a hacer estampación de sellos. Mantener las manos ocupadas con manualidades o tareas me viene bien para coger destreza. Tengo la delicadeza suficiente como para llevar a alguien al éxtasis en una caricia y también para quitarle la vida en un segundo. No soporto la indiferencia. No la soporto. Ni las cajitas de música. Necesito un donut de chocolate ahora mismo. Hoy no me siento bien. Tengo náuseas. Arañas por dentro.

La televisón no se ve. La radio no suena. El sol se ha ido. Ya viene.

4 comentarios:

  1. Another insight into Fantina's thoughts. In my own mind I contribute more, painting my own picture of her. So enjoyable and well written. :-)

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  2. Bueno bueno, me gusta mucho Fantina. Y encima haciendo numeritos con la silla! Ya solo le falta poner a sus partenaires una sanguijuela en el pene; está a medio camino entre el éxtasis y la muerte; más que nada por lo de la delicadeza.
    Una cosa: muerte al conejo, sí. Un beso ;)

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