domingo, 24 de noviembre de 2013

Capítulo 2.1 Ya Viene

  Las fechas importantes son para mi un cataclismo. Mido los años que pasan por momentos de soledad. Una Navidad sola más, un verano aburrido sin nadie, largo y caluroso, un cumpleaños sin felicitaciones notables y nada divertido... y por lunas llenas. Otra preciosa luna llena que tengo que ver sola. Otra luna rota. Me debería comprar un perro. Las tortugas huelen mal y yo tengo poca paciencia. Los gatos arañan. Podría irme a campo abierto una noche de tormenta y alzar los brazos clamando al universo: —¡oh energías cósmicas, aquí estoy, podéis mandarme todos los rayos que queráis para petrificarme aquí mismo!—. Y se escucharía una gran risa galáctica. Y mi madre sigue sin llamarme y no contesta al teléfono. Ni mis hermanas.

  Me he traído a casa las 12 magdalenas churretosas que he hecho. Me he comido seis del tirón. Una era de chocolate, otra de canela, red velvet, que es algo así como colorear un queso cremoso para que te creas que estás en la Quinta Avenida, otra de limón y dos de vainilla con galletas. La repostería no es lo mío. Y tanta azúcar me tiene por las nubes del éxtasis. He ordenado todos los armarios, he tirado todos los papeles y cartas viejas de los bancos que nunca se abren, había una legión de pelusas debajo de la cama a la que he dado caza, he buscado un par de vídeos subidos de tono para coger ideas y ponerlas en práctica el sábado. Hay que innovar. Me atraen ciertas prácticas orientales relacionadas con masajes, pero necesito un conejillo de indias. He puesto a lavar todos los cordones y cintas que había en el piso. Tenía tal subidón que hasta he puesto un viejo disco. Y ahí ha estado mi error.

  La música es para la mayoría de las personas un bálsamo que calma el alma, o eso que dicen que amansa a las fieras. Para mi la música es una tortura. Es como coger un cuchillo y cortarme las tripas en cachitos. Y luego echarles limón. No suelo escuchar música. No es que me ponga triste una canción o dos, es que la música en sí, los tonos, las melodías, los acordes, son un tormento. Como psicóloga que soy he intentado enfrentarme a ello, además lo aconsejo siempre a mis pacientes. De lo que te da miedo o te asusta o te da vergüenza, haz poco a poco pequeños esfuerzos e intenta enfrentarlo. Y me he pasado tardes enteras con la radio puesta, mañanas de domingo con canciones pasadas, presentes y alguna que otra que no sabría calificar de los tiempos modernos. La conclusión es que no puedo con ello. Me gusta la música pero no puedo oírla. Me sienta mal. Como a quien le encantan los pimientos pero se le repiten y le hacen daño al estómago. Grandes grupos que he tenido que dejar de oír. Solo tolero a mi cantante francesa. La que habla del agua y me dice —Puis elle revient comme un besoinPar affection. Et elle nous chante sa grande chanson, L'inondation—. (* Luego vuelve como una necesidad, por afecto, y nos canta su gran canción: La inundación).

Lista de olores que me gustan: — el olor de los libros — el Cola Cao — la humedad del otoño en el campo — el jabón de coco — los sofritos — el olor de los hombres recién duchados — la laca de uñas—.

 La casa aún huele a Guillermo. Creo que se ha inundado de su olor. No se va. A veces casi puedo ver su cara. En el trastero todo está bien y ordenado. No hay nada fuera de lugar, ni restos, ni bichos. Solo los botes en cada sitio correspondiente, las cajas apiladas, los álbumes de fotos. No me gusta el desorden en general. Pero a veces lo hago a propósito, desordeno las cosas porque la vida es un desorden en sí. La gente quiere tenerlo todo atado y bien atado y yo quiero dejar las cosas a su aire. Porque en el fondo, si mañana hubiera una tragedia mundial y el mundo se volviera del revés y nadie tuviera nada y el caos reinara en cada rincón, de nada serviría tener revistas de decoración en casa, ni la cámara réflex, ni el ordenador. Me imagino que se acaban las comunicaciones, que se caen los satélites, que se apagan las luces y solo quedamos nosotros, los humanos, nada más, solo con nuestros cuerpos y mucho miedo. Si no hubiera un sitio donde refugiarse cada noche, una cama caliente, un vaso de vino, una lámpara a media luz en el sofá. Humanos con humanos. ¿Qué querríamos entonces? Lo que tanto se le olvida a la gente dar, un abrazo. Como no tengo abrazos me invento un mundo de necesidades y se los invento a los que vienen a verme.

  Esta mañana mismo he tenido una extraña visita a la que he querido abrazar, pero creo que sus ojos me miraban fríos y calculadores, vestidos de blanco. Se ha ido rápido. Y me he quedado un rato en la cama viendo las motas de polvo que se cuelan con los rayos de sol. Justo después, a las 10:32, ha sonado el teléfono.

Qué rara es la vida. Qué raros son los demás. Cada día vienen más pacientes con trastornos de ansiedad, depresiones por pérdida de empleo, por insatisfacción personal, por pérdida de seres queridos. Languidecen en su propia pena y acuden a mi. A los más vulnerables los mando a cursos de coaching y otras sesiones newage donde se implique un poco de ñoñería, frases de motivación y positivismo a partes iguales... y salen como nuevos. Risoterapia. La gente antes era más triste y conformista, pero ahora sufrimos más porque queremos cambiar las cosas y no sabemos cómo, y a veces... bueno, la mayoría de las veces, no sabemos ni qué es lo que hay que cambiar. Hace dos siglos encontrar una existencia cuya vida fuera una aventura, un vuelo libre, era una entre un millón. Ahora pensamos que todos debemos tener esa vida llena de luces y espectáculos y lo que hacemos son estupideces para creérnoslo nosotros mismos, y si no, nos deprimimos. Y el mayor espectáculo es el que uno quiera ofrecerse a sí mismo. Puro teatro. Manejar hilos, unos actos saldrán bien y otros tendrán un triste final donde los actores se irán, y vuelta a empezar. ¿Por qué no leerán? Solucionarían muchas cosas. Los sentimientos son universales desde hace mucho tiempo. Todo está escrito, hasta las soluciones a los problemas en cualquier novela de un librepensador, que no de cualquier celebrity actual que haya tenido dinero para editar y ser bestseller. Esos libros merecen ser quemados en una hoguera.

— Hola, soy Alberto, no sé si me recuerdas, me diste tu móvil —la voz sonaba algo tímida—. Nos conocimos comiendo una hamburguesa.
— Si, te recuerdo. ¿Qué tal? — quería preguntarle si quería quedar esa tarde pero me contuve y fui amable y convencional—. Me alegro que me hayas llamado.
— Ehh, bien, gracias. ¿Y tú? Me preguntaba si querrías tomar un café, me pareciste una persona intrigante.
— ¿Intrigante?
— Interesante.
— Mmm, bueno, ¿te gustan los trenes? Hay una cafetería cerca de la estación donde se ven las vías. ¿Quedamos ahí a las 5?
— Si, claro, la buscaré. La verdad es que es un poco raro todo esto. No lo hago nunca.
— ¿Conocer gente es raro?
— Bueno, no, pero quedar así sin saber nada de ti...

  Iba a decirle que nadie conoce a nadie y se acuestan día a día unos con otros, pero me callé, la conversación duró algunos segundos más de forma cortés y tímida. Ya veré cómo le doy la vuelta para que se suelte. Me gusta que sea médico. Me da ideas. Podría aprender muchas cosas de forma disimulada. Podría hablar de la muerte.

2 comentarios:

  1. uy Fantina me da un poco de miedo jajajaja la última frase me ha dejado helado. Así de repente..."Podría hablar de la muerte" uff me la imagino frotándose las manos con una sonrisa de medio lado o mirando hacia arriba a un lado con el bolígrafo golpeando su boca mientras mueve su cintura acompasadamente.
    No me imagino a Fantina con una mascota. Huelen mal las tortugas?
    Un beso :)

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