domingo, 1 de diciembre de 2013

Capítulo 2.3 Ya viene

  Los trenes pasan más rápido de la cuenta, o eso me parece a mi. Es posible que cuando el tiempo se para  en un metro cuadrado, el resto transcurre a cámara rápida. Veo que el reloj de la estación apenas mueve sus manecillas, sin embargo la gente no para quieta un segundo, los trenes vienen y van, huelo a café, a croissants, a cuero viejo. ¿Y el ruido? Solo hay un eco sordo de fondo, apenas audible. Y la luz es casi opaca. Solo una gran cristalera que hace de puerta a los andenes deja pasar los últimos rayos de sol. Si me concentro puedo ver la cara de Alberto delante de mi. Me está hablando, dice cosas. Hoy no lleva las gafas de pasta pero tiene el pelo algo revuelto. Me gusta. Sus ojos son marrones, pero tienen brillo. Tiene arrugas cuando se ríe. Rostro alargado, y si me apuro, creo que tiene un ojo unos milímetros más bajo que el otro, no se nota si no te fijas bien. Pero yo me fijo. Tiene las paletas algo separadas, lo justo para ser adorable y no horroroso. Y huele bien. A madera y algo dulce. Es pronto para preguntarle por la colonia que usa, pero está claro que no es la típica masculina. Lleva una pulsera de cuero muy gastada en la muñeca izquierda, así que los hombres también tienen apego por las cosas o personas, por un recuerdo o alguien especial. No se le debe haber quitado en años. Yo también tenía cosas así, una pulsera, un colgante con una piedra donde estaba escrito un nombre, un anillo, una hoja de papel con letras... pero al final a todo le di aire, de nada me servía tenerlo junto al corazón. No me acordaba ni más ni menos. Me apegaba a objetos para recordar sentimientos cuando la pura realidad es que si son importantes nunca se irán. Y además lo traen los olores. Todo lo guardé en una caja que está medio enterrada en algún altillo del armario. Nunca la abro, nunca miro lo que hay. Ya me da igual. Pero las colecciones son otra cosa... eso sí que se mira. 

  Sonrío o río depende de lo que diga. Me habla del hospital donde trabaja, de sus compañeros. Ponemos en común conductas de la gente como buenos profesionales que somos. Y nos reímos de ellas. Yo no me suelo reír de la gente, me cansan en general, pero no me río a no ser que sean sarcásticos. Pero lo hacemos porque todo el mundo se cree superior, especialmente los que tenemos estudios sobre los que no los tienen. Pero da igual, porque todo el mundo es ignorante, la mayoría, clones. Y cuando alguien es diferente lo llamamos "personaje" y aunque lo admiremos, nos reímos de él. —Fulanito es un personaje, qué gracioso es—. Pero no apostaríamos un duro. Nadie apuesta por instinto, por gracia, o por diferencia. Nadie. Asco de gente. Alberto me mira con suspicacia. Dice que parezco distinta, si él supiera cuán distinta soy saldría corriendo. Él no es distinto, es agradable y risueño. Pero sospecho que más de lo mismo, de los que luchan por causas ajenas y contra el dolor de la humanidad o grupos desfavorecidos pero ajeno al dolor del vecino de al lado. Puede que sea de los que le niegan el saludo a los que están en su día a día pero no le caen excesivamente bien porque son desiguales. Únicos. Es cierto que hay gente que te cae mal porque sí, sin ningún motivo, sin causa aparente, simplemente no nos hacen chiste, pero si tampoco intentamos ponernos en la otra parte, nunca descubriremos nada. Es fácil ponerse en la piel del que sufre, de los que pasan hambre, de las miserias y batallas que nos hacen recordar que la vida es dura. Y gritar en su nombre, porque son desfavorecidos, porque no tienen quien luche por ellos, pero si nos ponemos en la piel de alguien cercano... ya nos vamos alejando un poquito más...  Alberto es agradable. Tampoco ha dicho nada estúpido. Quizá cosas insípidas, pero no se le pueden pedir peras al olmo. Creo que me aburro. Me estoy aburriendo y ya empiezo a escuchar todos los sonidos, no doy para más, las ruedas de las maletas, los gritos de los niños, los besos de despedida, el ruido de la ropa cuando se abrazan, y las manecillas empiezan a girar más rápido, la máquina del café, la melodía y voz que anuncia las salidas y llegadas, las puertas correderas, los que venden tarjetas de crédito a las puertas de la estación. Me mareo. De repente todo es demasiado.

Lista de cosas que me dan miedo: — montar en avión — los rascacielos — la oscuridad — perder — los fuegos artificiales — el color pardo del cielo — la inmensidad — no ser nunca suficiente — cuando todo se vuelve blanco — no recordar—.

Ahora soy yo y escucho todo en mis oídos. Hay voces disfrazadas que quieren salir. Y empiezo a soñar con la luna. Porque soñando la luna soy yo. Siempre.

—Dime, ¿te acostarías conmigo? Su cara deja de sonreír y puedo percibir que se sonroja. Tarda unos segundos en reaccionar, sé que está pensando si ser tímido y usual o ser atrevido y pícaro.
—Sí.
—Vaya, ¿tan fácil?
— Bueno, es que veo que contigo nada es ni tan fácil ni tan difícil, es directo. Así que sí, me acostaría contigo, por supuesto, eres muy atractiva.
— Hoy no puedo. Pero mañana si. ¿Quieres mañana?
— Tengo guardia. ¿Pasado mañana? ¿Estás segura? ¿No prefieres que vayamos al cine o a dar un paseo, o no sé, que hagamos otra cosa para conocernos mejor?
— ¡Por dios, no! Ya veremos si más adelante hacemos otras cosas. Me gustan los helados de limón.
—Ah...
—Una cosa, prefiero decírtelo ahora. No me gustan las palabras soeces en la cama, insultos y todo eso, ni las guarrerías, ni el sado, ni cosas raras... por lo demás, creo que podemos disfrutar mucho— Aquí sí se ha puesto colorado.
—No se me ocurrirían semejantes cosas contigo. Bueno, quiero decir... con nadie. Me refiero a que no hago esas cosas.
— Bien. Dime. ¿Qué hacéis con los cadáveres que nadie reclama? ¿Cuánto tiempo hay que esperar?


  En casa me siento segura. Yo me juro a mi misma no volver a cometer los mismos errores.  Y que la cama nunca más sea un nido de lágrimas, solo quiero sábanas para dormir y soñar. Y viene el frío y con él saco mi edredón de plumas, uno de los mejores inventos. Lo único malo es cambiar la funda, debería ser un deporte olímpico. Punta con punta, estirar, amoldar. Y me envuelvo debajo. Desnuda. Con la piel fría rozando la tela. Erizada hasta que entra en calor. Me pongo de lado y me toco el hombro, lo miro y me como la uña del dedo índice. Mordisqueo algunos pliegues en los lados. Tarareo algo, me lo invento, o no. Abro el cajón de la mesita de noche y miro la foto. Luego cierro los ojos y me caliento las manos entre los pliegues de mi cuerpo hasta bajar a los muslos. Las pongo entre ellos. Y aprieto. 

1 comentario:

  1. Me gusta cuando todo se congela y se caya para oír tus pensamientos y cómo después poco a poco todo se mueve por zonas y se vuelven a oír los sonidos de alrededor mientras vuelves del "limbo". Genial Ana
    Un beso. :)

    ResponderEliminar

Te gustará también

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...