Ahí estaba yo, en lo más alto de la popularidad social, con mi piso chic, amigos por doquier, un trabajo y sueldo envidiables, cenando en restaurantes de moda y con un gato persa. Blanco. Ojos azules. Una preciosidad. Los domingos lo montaba en la cesta de mi bici y recorríamos las callejuelas del centro. Los domingos no estoy para nadie. Solo para mi gato. Me tomo un café capuchino y cuando llego a casa abro la caja de los recortes. Observo todas las fotos, las mías, las que salieron en los periódicos, las que saqué de la web. No está mal tener una caja de recortes. Al menos yo la llamo así. La guardo en el cajón del aparador. A la derecha de los platos de loza de mi madre. Cartuja sevillana. Cuando vienen invitados les encanta el toque ecléctico, la mezcla de lo tradicional con lo moderno. Mis sillas Eame combinadas con sopa con albóndigas. Todos dicen que tiene un sabor especial. La cocino yo, el resto lo hace María, mi empleada de hogar, la que me hace la cama, limpia el baño, recoge el desayuno y la cena, y cocina grandes menús que copiamos de las mejores revistas gastronómicas. Pero la sopa la hago yo cuando empieza el otoño. En la caja de recortes también hay unas tijeras y un pintauñas rojo. El gato me mira con desdén y se va a su casita de diseño. Le puse juguetes de gato para que hiciera cosas de gato. Los gatos no suelen hablar, pero hay escritores que escriben novelas donde los gatos hablan. Y hablan mucho. Algunos hasta dominan el mundo. Yo creo que el mío quiere decir cosas. Si pudiera me insultaría, lo veo en sus ojos de hielo, pero le saco su comida gourmet y se le pasa, se frota en mis piernas. El pescado fresco le encanta, sardinas dos veces en semana. Me gusta cuidarlo. Lleva un año conmigo, como todos los demás, siempre son blancos con ojos azules. Nadie nota el cambio. Un año y cambio. Una rayita roja en el marco de la puerta del salón que nadie suele ver. Cinco hoy. La quinta. Mañana empiezan las reuniones con los nuevos clientes, viejos socios, colaboradores aburridos, y ya tengo que empezar a pensar en la cena de la semana que viene. La gran cena, La de todos los años.
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sábado, 6 de septiembre de 2014
sábado, 1 de marzo de 2014
El experimento
El experimento era sencillo. En un cubículo de cristal de seguridad de dos por dos metros con pequeños orificios en la parte superior para dejar pasar el aire y los sonidos, se introduciría a una persona para permanecer allí un tiempo determinado. Dentro del habitáculo habría mantas, cojines y almohadas suficientes para garantizar la comodidad del individuo; así como revistas, un cuaderno, lápices, una linterna y víveres para alimentarse durante las 24 horas que dura la investigación. Un equipo médico controlaría la actividad cardíaca y cerebral mediante unos parches colocados en diferentes partes del cuerpo.
Yo fui el primer agraciado para vivir la experiencia. Varón de 38 años, sano y con titulación superior. Hasta ese mismo día no me dijeron donde colocarían el cubo de cristal. El lugar elegido era un pequeño claro en un bosque de hayas. Era un enclave hermoso. A las 10 de la mañana me dejaron solo metido en aquella urna transparente. Golpeé fuertemente las paredes para asegurarme de la fuerza del material. Miré por los todos lo ángulos posibles. Estaba rodeado a altos árboles, el paisaje era frondoso, los matices verdes de las copas cambiaban según le diera el sol y el viento moviera sus hojas. Lástima no haber podido traer un móvil para hacer fotografías. Aunque la temperatura era fresca a esa hora de la mañana, me habían dicho que iba a ser caluroso a mediodía, así que debajo del abrigo me puse una camiseta de manga corta. Me puse cómodo y tras meditar un tiempo mirando a través del cristal, cogí el cuaderno y empecé a dibujar lo que me rodeaba. No era yo un buen dibujante, pero me quedaban muchas horas por delante y más valía que ocupara el tiempo en algo. A veces algún jabalí se acercaba curioso y olfateaba con precaución, aburrido finalmente, se iba. También vi urogallos y gatos monteses recelosos de mi estancia. Arañaban la pared y se iban con sus grandes ojos a otra parte. El manto ocre de la hojarasca del suelo crujía con el soplo del viento o las pisadas de pequeños animales. Así pasó la mayor parte del día, me divertí viendo la fauna local, admiré los colores del otoño y leí algunas páginas de revistas nacionales. Comí algún sandwich, bebí un par de refrescos de cola y abrí una bolsa de patatas fritas. El sol hizo su largo recorrido de punta a punta sacando los distintos brillos de la vegetación y al ocultarse me arrebujé en una manta con olor a naftalina. El tiempo había pasado más o menos rápido, los parches picaban pero no molestaban, y ahora, tras la retirada de la luz solar, es cuando empezaría a nublarse el entendimiento y cuando las agujas del reloj se pararían y cada segundo duraría una eternidad.
No tenía miedo, por supuesto, pero el ocaso había dado paso a la oscuridad y encendía la linterna cada vez que escuchaba un susurro o ruido animal. No quería dormir porque probablemente sería temprano, prefería despertarme al alba, con la luz del día asomando entre los árboles. No podía leer para no gastar la linterna, acabé con la empanada de atún y los donuts de chocolate. Oriné en un recipiente habilitado para ello. Y entonces vi los ojos amarillos de una manada de lobos. Aún sabiendo que nada podían hacerme el corazón me dio un vuelco y la sangre se me subió a la cabeza. Seguro que los parches habían recogido ese detalle, pensé irónicamente. Se acercaron tres de los animales y enseñaron sus feos y afilados colmillos. Los asusté con la linterna y se fueron a la orilla del claro, donde el resplandor de la luz de la luna los hacía más espeluznantes aún, escondidos entre los troncos cercanos. Los búhos comenzaron a ulular por todas partes. El sonido era atroz, lo que antes me había parecido maravilloso se tornó horrendo. Quise dormir y estuve un rato con los ojos cerrados mientras hacía un esfuerzo por no sentir a mi corazón palpitar de manera absurda. Dormité un par de horas, hasta que "algo" chocó fuertemente contra la pared de mi refugio. Sobresaltado apunté a todos lados con la luz y un oso que me pareció enorme me miraba fijamente. Sus pequeños y negros ojos de animal bobo y lento no se correspondían con la fuerza de sus patas. Dió otro empujón y soltó un gruñido de enfado. Se me secó la garganta. Bebí agua. Seguía seca. El oso dio unos pasos atrás y cogió carrerilla para una nueva embestida. Un grito salió de mi garganta. Era absurdo, no podía hacerme nada. Pero al tercer embate sonó un chasquido. Frágil, pequeño, pero en plena noche lo oí como si fuera un cañozazo. En algún lado tendría que haber una grieta. Si seguía chocando se abriría la caja. Grité a los que me estuvieran oyendo, avisé del peligro, rogué para que vinieran por mi. Nada me importaba ya el experimento. Quería irme. El oso me miraba y gruñía y los lobos volvieron a aparecer. Rodearon al oso con respeto pero éste les contenstó con un rugir de garganta que me heló la sangre. Se retiraron pero seguían al acecho. El oso les estaba abriendo el camino a su objetivo. Yo. Mi sudor, mi orina, mi bolsa de basura con restos de comida seguramente los haya atraído. Un lobo saltó al techo de la estructura y olfateó dentro. Di golpes para que se fuera. Mi mente estaba desquiciada. Otro lobo subió, el oso los intentaba echar con una garra pero no los alcanzaba. Bajaron por el otro lado y se fueron con su manada, que estaba a unos tres metros, todos mirándome. El oso rodeó los cuatro lados, tanteaba las paredes, golpeaba. Apunté con la linterna a su cara y se enfadó, arañó el cristal. Se retiró a un árbol cercano y se sentó. Los lobos empezaron a aullar. Los búhos chillaban ya, no ululaban. Y yo sentía cómo el miedo se apoderaba de mi y perdía los estribos. Aquí está el experimento, se estarán poniendo las botas en el laboratorio. Grité y grité. Y empecé a sollozar. ¡Sacadme de aquí! ¡No lo aguanto más! El oso a mis gritos se levantó y corrió con su pesado cuerpo todo lo rápido que pudo hasta volver a chocar con el armazón. El crujido se oyó y la pared izquierda cayó. Asombrado y asustado se echó para atrás y yo me quedé paralizado y sin habla. No podía moverme, no podía correr, no había huida. El oso entró y olisqueó las mantas, la basura, agarró la comida que quedaba y la engulló. Finalmente me miró a los ojos a la vez que los lobos se acercaban, pero él les volvió a rugir. Ellos aúllaban. Preparaban un ataque. Nadie quería compartir su presa. A lo lejos vi unas luces rápidas. Supuse que eran los científicos que venían a rescatarme en su coche. El oso miró de refilón y yo me moví. ¿Oso o lobos? ¿Oso o lobos? ¿Quién sería menos cruel? ¿Qué podía hacer? Me di la vuelta y nunca lo supe. No llegaron a tiempo.
No tenía miedo, por supuesto, pero el ocaso había dado paso a la oscuridad y encendía la linterna cada vez que escuchaba un susurro o ruido animal. No quería dormir porque probablemente sería temprano, prefería despertarme al alba, con la luz del día asomando entre los árboles. No podía leer para no gastar la linterna, acabé con la empanada de atún y los donuts de chocolate. Oriné en un recipiente habilitado para ello. Y entonces vi los ojos amarillos de una manada de lobos. Aún sabiendo que nada podían hacerme el corazón me dio un vuelco y la sangre se me subió a la cabeza. Seguro que los parches habían recogido ese detalle, pensé irónicamente. Se acercaron tres de los animales y enseñaron sus feos y afilados colmillos. Los asusté con la linterna y se fueron a la orilla del claro, donde el resplandor de la luz de la luna los hacía más espeluznantes aún, escondidos entre los troncos cercanos. Los búhos comenzaron a ulular por todas partes. El sonido era atroz, lo que antes me había parecido maravilloso se tornó horrendo. Quise dormir y estuve un rato con los ojos cerrados mientras hacía un esfuerzo por no sentir a mi corazón palpitar de manera absurda. Dormité un par de horas, hasta que "algo" chocó fuertemente contra la pared de mi refugio. Sobresaltado apunté a todos lados con la luz y un oso que me pareció enorme me miraba fijamente. Sus pequeños y negros ojos de animal bobo y lento no se correspondían con la fuerza de sus patas. Dió otro empujón y soltó un gruñido de enfado. Se me secó la garganta. Bebí agua. Seguía seca. El oso dio unos pasos atrás y cogió carrerilla para una nueva embestida. Un grito salió de mi garganta. Era absurdo, no podía hacerme nada. Pero al tercer embate sonó un chasquido. Frágil, pequeño, pero en plena noche lo oí como si fuera un cañozazo. En algún lado tendría que haber una grieta. Si seguía chocando se abriría la caja. Grité a los que me estuvieran oyendo, avisé del peligro, rogué para que vinieran por mi. Nada me importaba ya el experimento. Quería irme. El oso me miraba y gruñía y los lobos volvieron a aparecer. Rodearon al oso con respeto pero éste les contenstó con un rugir de garganta que me heló la sangre. Se retiraron pero seguían al acecho. El oso les estaba abriendo el camino a su objetivo. Yo. Mi sudor, mi orina, mi bolsa de basura con restos de comida seguramente los haya atraído. Un lobo saltó al techo de la estructura y olfateó dentro. Di golpes para que se fuera. Mi mente estaba desquiciada. Otro lobo subió, el oso los intentaba echar con una garra pero no los alcanzaba. Bajaron por el otro lado y se fueron con su manada, que estaba a unos tres metros, todos mirándome. El oso rodeó los cuatro lados, tanteaba las paredes, golpeaba. Apunté con la linterna a su cara y se enfadó, arañó el cristal. Se retiró a un árbol cercano y se sentó. Los lobos empezaron a aullar. Los búhos chillaban ya, no ululaban. Y yo sentía cómo el miedo se apoderaba de mi y perdía los estribos. Aquí está el experimento, se estarán poniendo las botas en el laboratorio. Grité y grité. Y empecé a sollozar. ¡Sacadme de aquí! ¡No lo aguanto más! El oso a mis gritos se levantó y corrió con su pesado cuerpo todo lo rápido que pudo hasta volver a chocar con el armazón. El crujido se oyó y la pared izquierda cayó. Asombrado y asustado se echó para atrás y yo me quedé paralizado y sin habla. No podía moverme, no podía correr, no había huida. El oso entró y olisqueó las mantas, la basura, agarró la comida que quedaba y la engulló. Finalmente me miró a los ojos a la vez que los lobos se acercaban, pero él les volvió a rugir. Ellos aúllaban. Preparaban un ataque. Nadie quería compartir su presa. A lo lejos vi unas luces rápidas. Supuse que eran los científicos que venían a rescatarme en su coche. El oso miró de refilón y yo me moví. ¿Oso o lobos? ¿Oso o lobos? ¿Quién sería menos cruel? ¿Qué podía hacer? Me di la vuelta y nunca lo supe. No llegaron a tiempo.
sábado, 6 de julio de 2013
Verano helado. Relato.
Las sábanas estaban revueltas y calientes. Demasiado calientes como para poder conciliar el sueño. Su voluntad de dormir nada podía hacer frente a la potente mezcla de calor y ansiedad. En vista de eso, Alicia se levantó de su jaula arrugada y se sentó en su sillón de terciopelo verde. Puso el ventilador en marcha y se dejó llevar por el mecánico ruido diez minutos, lo justo para desvelarse del todo. Cogió su libreta de tapas amarillas y comenzó a escribir. Palabra tras palabra hiló una telaraña de motivos y reproches. —Perfecto —pensó—. Mañana temprano lo paso a limpio y que le estalle vía email. Que aprenda que no soy una cualquiera, ni la “otra” de nadie. Que no se juega conmigo.
A las diez de la mañana se miró al espejo y vio unas ojeras profundas. —Maquillaje, todo en la vida necesita maquillaje, incluso con esta canícula que todo lo aturde—. De fondo podía oírse la radio anunciando la desaparición de un hombre y una nueva protesta a las puertas del Ayuntamiento. Alicia se peinó, se perfumó, se puso un vestido ligero y unas sandalias romanas. Mientras bajaba las escaleras su mente recreaba la llegada al buzón de su bomba de letras. Se reía por su atrevimiento pero también le temblaban las piernas sabiendo lo que suponía. Una pérdida absoluta. La soledad. El abismo. Pero no había vuelta atrás. Dirigió sus pasos al supermercado, agua, sandía, helados, tomates, pepinos, refrescos y patatas fritas fue todo lo que echó al carro. En el último momento, antes de ponerse a la cola, se acordó del hielo, como un lejano recuerdo de obligación que tenía que llevar a cabo. Diez bolsas más a la cesta. Y cargada volvió a subir al piso pequeño y luminoso que desde hacía tiempo compartía a ratos con Fernando. Pensar en su nombre hizo que se le aflojara el nudo del estómago. —Cómo lo voy a echar de menos—. El móvil sonó con la melodía clásica de siempre. No contestó. —Hoy no— pensó. Metió las cosas en la nevera y llevó las bolsas de hielo a la cama, distribuyéndolas por todos lados.
Se había olvidado de apagar la radio, donde tras una canción de Adele volvieron a dar la noticia del hombre desaparecido y una mujer confusa y rota suplicaba la vuelta de su marido. —Todos los veranos lo mismo, los hombres se van, y no vuelven, pobre mujer, ahí la habrá dejado con la hipoteca un par de hijos pequeños—. Otra canción de Pablo Alborán y se puso a tararear mientras el cuchillo partía en cuartos los tomates para el gazpacho. Se quitó las sandalias y con los pies desnudos organizó el pequeño espacio, limpió, cocinó y por fin se sentó frente al ordenador. Ninguna respuesta. Bandeja de entrada vacía. En su mente latía algo que no sabía qué era, no lograba ponerle nombre. Y sin avisar volvió la fuerte migraña. Tan fuerte que laceraba todos sus sentidos dejándola apenas sin respiración. Corrió las cortinas del dormitorio y se metió en la cama. Cama que estaba húmeda, helada, y en la mesita de noche se encontraban las diez pastillas que no se había tomado esa semana.
Cariño, —susurró al mirarlo tumbado en la cama—, te he mandado un email, cuando me despierte espero encontrar una respuesta decente.
domingo, 10 de febrero de 2013
Blancas
Tenía nombre de corista y lo sabía. Desde pequeña acostumbraba a posar y cantar delante del espejo. Se imaginaba en los mejores teatros de Las Vegas y Broadway. Con su pelo moreno y rizado, los labios rojos, plumas, tules o cueros, medias de rejilla que dejaran notar la carne de sus muslos torneados. Lo de la barra no le gustaba, eso no, pero lo demás... oh sí, veía los tacones de aguja de color negro y el corsé que dibujaba la forma perfecta de sus pechos. En el público hombres y mujeres la mirarían con envidia y deseo. Dientes perfectos, blancos, y los ojos brillantes por las luces de los focos. Y su camerino, lleno de flores, de cartas de admiradores secretos, caviar y champán. Todos sabían que su nombre era diferente y lleno de pasión y lujuria, sinónimo de una vida llena de secretos. De éxito. Haría el amor con hombres adinerados y se casaría con uno de ellos. Después tendría una tórrida aventura con un poeta que le susurrara al oído y lo dejaría con el corazón roto. Roto como ella. Pero eso iba a cambiar ahora mismo. El futuro ya está empezando.
—¡Siguiente, por favor! Siéntese. ¿Su nombre? —.
—María José García, pero puede llamarme Lola, o Lolita —.
—¿Ha leído el contrato y está de acuerdo en todo? —.
—Si —.
—Firme aquí y aquí. Esta tarde la recogerán, lleve poco equipaje, allí podrá comprar de todo con sus nuevas compañeras. No olvide el pasaporte. Buena suerte—.
—¿Ha leído el contrato y está de acuerdo en todo? —.
—Si —.
—Firme aquí y aquí. Esta tarde la recogerán, lleve poco equipaje, allí podrá comprar de todo con sus nuevas compañeras. No olvide el pasaporte. Buena suerte—.
martes, 4 de diciembre de 2012
Verbena. Microrrelato
La verbena de repente perdió la luz. Estalló el silencio. Las grandes atracciones dejaron de chirriar y las burbujas se desinflaron. Los tenderetes de sabores quedaron vacíos y las risas enmudecieron. Los boletos de las tómbolas se esparcieron por el aire. ¿Qué aire? Ya no había aire. Ocurrió un segundo antes, todos los papeles de colores volaron antes de caer mudos al suelo. Las palmadas de los niños cesaron dejando un eco hueco. Los besos se congelaron antes de rozar los labios. Los rostros sonrientes de la noria quedaron petrificados y perdieron la calidez. Ya no había vaivén en los columpios. Las gaseosas dejaron un río de agua en el asfalto. Un río en el que nunca se bañaría. Un destello de azúcar pasó lentamente rozando su antena. Y crujió. Y volvió la vida a cámara rápida para agarrarlo al vuelo y volver al escondite. —¡Una baja! ¡Una baja!— ¡Salgamos todas de aquí! ¡Corred!
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| The Gingham Owl |
jueves, 1 de noviembre de 2012
Desde la lámpara
Yo vivía en un hueco de la lámpara de techo del salón, así que tenía muy buena vista de todo cuanto acontecía en la casa. Veía peleas, miradas de reproche, besos, gritos, silencios, veía todas las películas que algunas madrugadas distraían los ojos de un insomne. Veía las manchas en el cristal, los sábados limpios, las mantas y calcetines en cualquier rincón, veía a los niños peleándose, libros escolares con borrones, virutas de lápices en el suelo. También veía un espejo y unas pinzas, los ordenadores, los móviles cargándose, algún vaso roto y en verano los botes de antimosquitos. Cojines usados, libros señalados, fotografías que sacaban sonrisas. A veces en las noches se abría la terraza y entraba un viento frío, y oía suspiros, y cuando volvía veía una lágrima aislada, a veces. También veía y admiraba las carcajadas, cosquillas, las manos entrelazadas, las cabezas apoyadas. Y veía muchas siestas. Y muchos dedos de los pies. Y migas de pan, surcos de vasos, charlas inesperadas, un reloj que ya no hacía tic tac. Con polvo.
Un día me limpiaron y ya no vi más. Echo de menos el sonido del zapping, de las teclas del ordenador, de los tonos de voz, echo de menos sus caras, sus manos, sus miradas. Sus mentiras y verdades. Salí volando por el balcón y estuve a punto de estrellarme en el suelo, pero un viento del norte me alzó y me llevó lejos. Ahora vivo en otra lámpara, pero de mesa. Tengo menos visión, hay menos gente. Unos ojos fijos en el mismo sitio casi siempre. Unas manos huecas. Y aquí no corre el viento, casi no corre el aire.
sábado, 6 de octubre de 2012
Alimentando
Se tumbó en el césped a descansar y digerir el almuerzo. Pensaba en esos dos niños cebados por la bruja para comérselos. Montones de pasteles, dulces, asados y guarniciones para engordarlos y llevarlos al horno. Como ella. Brillaba el sol y los rayos atravesaban las ramas de los pinos bajo los que estaba. Chorros de luz que calentaban su cuerpo cansado. Dos mariposas se posaron tan cerca que podría tocar sus alas si alzara la mano, pero las espantaría al menor movimiento, así que mejor las observó hasta que se fueron buscando otro lugar. Y cerró los ojos y escuchó por dentro.
Macarrones con tomate, un bollo de pan, dos coca colas, una hamburguesa y dos donuts. Todo eso para sentirse llena y observada. Mimada. Un cero a la izquierda que tenía que actuar en su propia desdicha y miseria para ser alguien. Para ganar dinero y seguir comiendo, para ser un espectáculo. Ya no viviría mucho. Ellos lo sabían, y eso les excitaba más aún. Cada día sentía cómo las fuerzas se escapaban un poco más, y un movimiento menos cada semana. Las cosas dejaban de funcionar poco a poco. Pero seguían pagando, y no estaba sola. Qué mas daba un tubo más o menos de oxígeno, si apenas le quedaba ya su propio aliento. Recordaba esos sueños cuando era niña y corría detrás de sus hermanos. Correr. Hacía años que no podía hacerlo. Ahora ni se sostenía. Tendría que llamar a su madre y la cuidadora para que la levantaran, pero tumbarse en el césped era un pequeño lujo que se había concedido.
domingo, 19 de agosto de 2012
Demasiado. Microrrelato
Cuando Alicia encontró a Esteban era demasiado tarde.
Demasiado viejos, demasiado vivido, demasiado que olvidar, demasiado que cambiar, demasiado que hacer. Tarde para probar, para empezar, para mudarse, para cambiar de trabajo. Tarde para todo. No les quedó otra que mirarse fijamente a los ojos un segundo y luego mirar hacia otro lado. Donde no hubiera cambios, ni la pereza de lo nuevo, ni del miedo a lo imposible. Se acordaron de viejas canciones de juventud tarareadas con otras personas ya viejas y lejanas como ellos, de cosas que hicieron y arriesgaron, de la primera vez de un beso, la primera vez de una pasión, de la última, no hace demasiado tiempo. Y cada uno por su lado, volvieron a mirar al suelo moviendo la cabeza con un casi imperceptible no, no es posible.
Cada uno por su lado miraron cada día su buzón, encendieron todos los aparatos modernos que les conectaban con el mundo, y con el que sería posible un guiño de alguno de ellos, cada uno leía sus libros, veía su tele, iba al cine de su barrio, llevaban a los niños a sus respectivos colegios, montaban en sus bicis por caminos diferentes, y cada uno por su lado, se concedía mirar las estrellas desde la ventana, pensando en el lado del otro. Poco tiempo, lo justo para volver a negar con el alma.
Cada uno tomaba el café de la mañana, llamaba a su madre, bromeaba con sus hermanos, asistía a reuniones de trabajo, y cada uno pasaba inconscientemente el dedo por el móvil, buscando una luz verde. Era demasiado tarde, eran demasiado viejos, estaban demasiado cansados, eran demasiado cobardes. Demasiados problemas, demasiada crisis, todo era demasiado, todo era harto difícil. Demasiadas complicaciones.
Un día, cada uno por su lado, quisieron desahogarse con su mejor amigo, sacando demasiada tristeza y pereza del corazón, exponiendo los demasiados inconvenientes, y las escasas probabilidades de éxito. Y cada uno a su manera, recibió la misma, exactamente la misma respuesta:
Tú lo que eres es demasiado idiota.
martes, 17 de julio de 2012
Viejo sillón de terciopelo
Él está sentado en su sillón favorito. Es de terciopelo verde oscuro, con tachuelas en las costuras que antaño fueron doradas, ahora descascarilladas. Sillón orejero, de respaldo alto, con un reposapiés a juego, gastado de apoyar los zapatos. En realidad, no hay otro sillón, el resto de la casa tiene sofás de vanguardia, minimalistas, incómodos a su parecer. Pero ella le regaló ese sillón, sólo para él. A la derecha tiene una pequeña biblioteca de madera oscura a media altura, con libros apiñados unos encima de otros, leídos y vueltos a leer, llenos de anotaciones, de notas entre páginas, de dobleces en las esquinas. A la izquierda hay una pequeña mesa redonda artesanal hecha con ramas de abedul, con una lámpara y un posavasos pegado al cristal, inamovible, donde muchas noches descansa una copa de gintonic, siempre con Hendricks. El rincón de lectura tiene un aire acogedor, lo envuelve un enorme cuadro poblado de árboles, un bosque de pinos que refleja el verde de la escena cuando el sol entra en la estancia.
Mientras lee el último libro que le regaló su nieto, su mente viaja al pasado, a los días donde todo cambió, se le mezcla en la nariz el olor de la sal en aquella playa, del tacto de su piel, la vieja ciudad renacida con su risa. Piensa en todas esas decisiones correctas e incorrectas. Y ese sillón como punto de partida de una nueva etapa. No lo cambiaría por nada, por muy viejo y estropeado que estuviera. En él habían pasado ratos de pasión, ratos de tranquilidad, momentos de llantos y risas, de susurros al oído y melodías que sus labios tarareaban. No, ese viejo sillón significada mucho para él. Manchado, roto, descolorido... vivido. Su sillón.
La ve pasar con un vaso de agua y se miran, como siempre. Media sonrisa y sus ojos siguen brillando. No sólo le regaló el sillón, le regaló un camino, una vida, dolor y felicidad. Buscó donde nadie más quería mirar, y allí se quedó, con él.
miércoles, 4 de julio de 2012
Colisión
La sangre colisionó a las puertas de unas ganas por la imprudencia de no soltar lastre. Y quedó atascada con palabras no dichas, con miradas no encontradas, con un paso atrás, desidia de media tarde, ideas fugaces no escritas, pequeños monstruos que rascan la osadía, con chinchetas que se clavan en las andanzas cotidianas, bien fuerte, día tras día.
Y todo se mezcló sonrojando el rostro, más pudo una gota colarse entre los amasijos de la chatarra que saturaba el alma y se convirtió en palabra al brotar de los labios: - quiero, dijo la gota, dejando un poco más de espacio a las demás, que lentamente escapaban de las garras de esas miradas que van hacia otro lado.
domingo, 3 de junio de 2012
Se me impacientan las perdices
Se me están impacientando las perdices, murmuró Luisa mientras bajaba la Cuesta de la Morera camino de la vieja casona. La mañana la había pasado entre ovejas y cabras, cerdos y gallinas. Y ahora sólo pensaba en las perdices. Tanto ser fuerte y una mujer hecha y derecha para tener ésto ahora, menuda vida. Luisa pensaba en voz alta, delgada y de poca estatura, recogía su cabello castaño a diario en una coleta que acababa deshecha a los diez minutos. Siempre vestía vaqueros y una camiseta. Le decía su hermana que era muy poquita cosa por fuera, pero una tormenta con rayos en su interior. Y así era Luisa, eficiente y trabajadora, rápida y colaboradora. No es que tuviera muchos amigos, pero los suficientes para tomarse un vino de vez en cuando en la taberna de Paqui. Y si se lo tenía que tomar sola, se lo tomaba, no tenía complejos ni se andaba con miramientos de lo que decían los demás. Pero las perdices, la tenían loca. No pensaba en otra cosa desde hacía un año. Sus perdices. Las compró en una feria de un pueblo cercano, diez perdices de dos años de edad. Y con ella vivían, esperando su momento. Luisa no sabía cuándo iba a llegar ese momento, pero ya las veía nerviosas, su canto era más agudo, más chillón, y se picoteaban unas y otras. Estaban impacientes. Y no sabía qué hacer, pues ella no veía ningún cambio a la vista. Todo seguía igual, los animales por la mañana, las gachas de avena, el sudor a mediodía, las bromas pesadas de los vecinos, el vinito al anochecer, las tardes de compras, los preparativos para la feria comarcal, las visitas a su madre y hermana...no, no había cambiado nada. Quizá un ligero dolor lumbar que tenía desde hacía dos meses. Pero no tenía tiempo de ir al médico y esperar en la sala para que le mandara medicinas. Ella no se tomaría ni una pastilla. Por eso iba a la vieja casona, a ver al nuevo vecino del que le habían hablado. Paqui había sido muy clara: Tomás te va a aliviar, ya lo verás, llámalo, toma, su número. Y a paso ligero llegó a la puerta del tal Tomás, un hombre de mediana edad con una barba descuidada y gafas de pasta negra. Con una sonrisa de medio lado y la mirada penetrante y curiosa. Y Luisa lo miró y le sonrió. Las compré por él, pensó. En ese mismo momento las perdices gritaron más fuerte que nunca. Por fin, había llegado su hora.
martes, 1 de mayo de 2012
Permitido diez minutos
Eran las doce de la noche y la casa estaba a oscuras. La puerta principal estaba cerrada con llave, las persianas echadas, sólo la de su dormitorio dejaba pasar un poco la luz anaranjada de la farola, creando así inquietantes sombras en sus sábanas blancas. Cinco libros descansaban en la mesita de noche, dos de ellos ya empezados y uno terminado, un vaso de agua los acompañaba, y un móvil que no paraba de vibrar con un ruido sordo.
Ella estaba en el pasillo, sentada en el suelo, en un rincón donde veía las puertas de los armarios de su vestidor. Quería llegar al baño antes de acostarse, pero no llegó, en un segundo de debilidad se le aflojó la coraza y cayó, cayó llorando de golpe, sin previo aviso, lloraba con sus manos puestas en el rostro, lloraba empapándose la cara, la ropa, el alma. Y así se quedó diez minutos, llorando en el suelo. Pasado ese tiempo se levantó y se enjuagó la cara. Mirándose al espejo vio sus ojos llorosos manchados de rímel. Los volvió a limpiar. Se lavó los dientes, se cepilló el pelo, y se fue a la cama.
Esa noche no pudo leer, pero se durmió rápido, soñó con unos ojos y unas manos. Cuando despertó, vio una llamada perdida en su móvil y cinco mensajes. Era él. Como siempre. Insistiendo. No iba a romper lo que se había prometido. El llanto sólo se lo permitía a solas y diez minutos máximo, nada más.
sábado, 31 de marzo de 2012
Empapándose
Las personas se refugiaban en los portales, en las cafeterías y en las tiendas de la gran avenida. La lluvia era torrencial e incesante, llevaba más de diez minutos cayendo con fuerza en aquella tarde de abril. Algunas parejas reían, grupos de amigos hacían bromas, hombres de chaqueta con maletines hablaban por teléfono con el semblante serio y frustrado. Todos a cobijo mirando con sorpresa y admiración el gran milagro de la lluvia en la ciudad.
Teresa había estado bajo un pequeño y viejo balcón de hierro oxidado hasta que pensó que quería sentir la lluvia. Y salió, empezó a caminar a paso ligero, contando los adoquines, con la cabeza mirando a ratos al suelo, a ratos el cielo, empapándose hasta los huesos. El agua chorreaba por su pelo, se quitó las gafas inútiles, protegió su móvil en su bolso plastificado. Y fue directa al puente, se detuvo a la mitad, mientras los coches con las luces encendidas la miraban y señalaban con el dedo. Qué mas da, pensaba ella, ésto es único, qué sensación más maravillosa. Su gabardina se le pegó al cuerpo convirtiéndose así en su segunda piel. Admiró el cielo gris, los relámpagos a lo lejos, los truenos que se acercaban. Sintió una conexión con el mundo, con el ambiente, con la naturaleza, y se dio cuenta de cómo la gente obviaba esa sensación tan mágica, dejándola pasar. Hubiera querido decirles a todos que se pusieran bajo la lluvia, pero pensó que la tomarían por loca, aunque probablemente ya lo pensaran. No le importaba, porque esa decisión de aventurarse a hacer algo insólito le había dado una felicidad y una paz que no había conocido.
Teresa había estado bajo un pequeño y viejo balcón de hierro oxidado hasta que pensó que quería sentir la lluvia. Y salió, empezó a caminar a paso ligero, contando los adoquines, con la cabeza mirando a ratos al suelo, a ratos el cielo, empapándose hasta los huesos. El agua chorreaba por su pelo, se quitó las gafas inútiles, protegió su móvil en su bolso plastificado. Y fue directa al puente, se detuvo a la mitad, mientras los coches con las luces encendidas la miraban y señalaban con el dedo. Qué mas da, pensaba ella, ésto es único, qué sensación más maravillosa. Su gabardina se le pegó al cuerpo convirtiéndose así en su segunda piel. Admiró el cielo gris, los relámpagos a lo lejos, los truenos que se acercaban. Sintió una conexión con el mundo, con el ambiente, con la naturaleza, y se dio cuenta de cómo la gente obviaba esa sensación tan mágica, dejándola pasar. Hubiera querido decirles a todos que se pusieran bajo la lluvia, pero pensó que la tomarían por loca, aunque probablemente ya lo pensaran. No le importaba, porque esa decisión de aventurarse a hacer algo insólito le había dado una felicidad y una paz que no había conocido.
Pasó un chico corriendo, protegiéndose con un periódico la cabeza, la miró un segundo con extrañeza y siguió corriendo, pero se detuvo al poco, y volvió a pararse junto a ella. Tiró el periódico y miró el horizonte, el río, el cielo. Sin mediar palabra Teresa cogió su mano y la apretó, lo miró a los ojos y sonrió. Tiene los ojos del color de la Coca Cola, pensó ella; él le devolvió la sonrisa.
Sintieron un instante mágico, una unión sin palabras. Pero ella notó de repente una corriente eléctrica interior, un miedo a lo desconocido, a la inmensidad, lo miró extrañada y soltó su mano para irse corriendo.
Se refugió bajo el toldo de una zapatería, desconcertada, y se miró la mano, caliente aún por el contacto con él.
Sintieron un instante mágico, una unión sin palabras. Pero ella notó de repente una corriente eléctrica interior, un miedo a lo desconocido, a la inmensidad, lo miró extrañada y soltó su mano para irse corriendo.
Se refugió bajo el toldo de una zapatería, desconcertada, y se miró la mano, caliente aún por el contacto con él.
viernes, 23 de marzo de 2012
Cuento de las estrellas
Mi historia empieza cuatro mil estrellas atrás, en este mismo lugar, donde ahora hay bloques de hormigón y carreteras.
Aquí, justo en este punto, antes de que naciera tu estrella, había un lago cristalino, de donde salía una bruma misteriosa y brillante. Donde la luna bañaba el agua tiñéndola de un aura blanquecina y mágica, donde el pasto era verde y nunca negro ni oscuro, nunca desierto. Las flores crecían libres, sin orden, de colores inimaginables hoy en día.
En mi historia aún existía la magia, los seres humanos apenas podían comunicarse con palabras, pues no había, y aún así, se comunicaban de una manera que llegaba dentro, al corazón. Usaban las manos, las miradas, y los pensamientos volaban de unos a otros. La energía se podía ver y oler. Las estrellas nacidas eran más brillantes y el universo se contemplaba desde todos los lugares. El aire entraba en los pulmones limpios y las personas que aquí vivían pensaban las unas en las otras.
Un día al atardecer, cuando el sol era naranja y el cielo rosado, hubo una explosión en el cielo, llenó todo de chispas brillantes y fugaces, y caíste, aquí, en este punto exacto. Tu estrella nació y vino a parar a mi lado. Y no puedo olvidarlo, porque todo cambió. Dejaste un gran agujero en mitad de mis amados árboles. Hondo, luminoso, incandescente. Y abajo, tu luz brillaba sobre todas las cosas. Ardías. Y bajé por ti. Te llevé junto a mí dos lunas enteras, pegada a mi corazón. Luego saltaste y elegiste un vientre cercano, ahí te acomodaste. Ahí te esperé nueve meses enteros. Viéndote crecer día a día.
Y naciste, y yo, sintiéndome afortunado, te vi nacer. Y te pusieron en mis brazos, porque eras mía. Tus ojos se abrieron y aún tenías la luz de la estrella. Poco a poco, se fue apagando en tus ojos y creciendo en tu interior.
Tus pequeñas manos resplandecían a veces, y ahí supe dónde residiría tu magia. En tus manos. Pequeñas manos suaves y redondas, que iluminaban todo cada vez que las movías.
Mi luz estaba en mi cabeza, y apenas se podía ver. Entendí que era mental. Creciste en mis brazos, te llevé en mi espalda, te enseñé a nadar, a cazar, a entender a los animales y a las estrellas. Tu cabello rubio contrastaba con mi moreno. Y tus manos calmaban mi deseo de ti, haciendo que un inmenso amor se expandiera sin límites. Tu estrella me eligió, y yo me quedé a tu lado, para siempre.
Dos mil estrellas después yo caí a tu lado, y la historia se repitió. Tú me cuidaste y me amaste, y las emociones dejaron paso a las palabras para expresarlas, las caricias, eran eternas entre nosotros. Cada vez que moríamos renacíamos en el otro. Y así continuamente.
Ahora estás a mi lado, ahora suena un te quiero de mi boca, ahora mis labios te besan y en mi historia de hoy eres más hermosa que nunca. Sigues brillando en tus manos aunque los demás no puedan verlo. Tocas, ríes y todo florece. Hoy eres mi luz de nuevo. Te he amado desde hace cuatro mil estrellas. Te seguiré amando dentro de un millón, porque tú, mi amor, eres mi cuento, eres mi vida, y aunque no sepan comprendernos, venimos de las estrellas caídas, nosotros elegimos dónde y cuándo nacer, al lado de quién. La mirada creciente de tus ojos me dice que hoy volverás a irte, y yo no tengo luz en las manos para calmarte. Hoy duele más que antes, porque no nos enseñan a comprender el ciclo de la vida. Hoy se sufre más, se llora más y se entiende menos. Pero yo te amo igual que siempre. Porque me elegiste, y te doy las gracias. Mi historia es para ti.
miércoles, 22 de febrero de 2012
Botella de cristal
La pequeña Farida tiene cinco años. Su madre está tendida a su lado en un inmenso pasto mientras la niña, cogida de su mano, le habla. - Mamá, yo voy a escribir en un papel, ya sé las letras, voy a pedir que vengan por nosotras y así nos iremos de aquí, verás mamá, el papel lo voy a poner dentro de una botella, como en aquella película que vimos cuando yo era pequeña, y lo tiraré al mar. Y mamá, la botella tiene que ser verde, si no, no sirve, y le pondré un tapón de corcho para que flote. Seguro que los delfines me ayudan y empujan la botella para que llegue antes al otro lado del mar. ¿Sabes qué mamá? Cuando la botella llegue a una playa estoy segura que la recogerá una niña como yo ¿verdad mamá? Porque a las niñas nos gusta bañarnos y si yo viera una botella le cogería enseguida y miraría dentro, sí, seguro que la recoge una niña y se la dará al presidente de su país. Y mandarán un helicóptero, se lo diré a mi amiga Mae, también quiero que venga, con su gato. Mamá, ¿por qué no me hablas? ¿No te parece bien lo que voy a hacer? Mira mamá, ¿ves cómo brilla el sol hoy? Seguro que vienen por nosotras, tú no te preocupes, ya no tienes que llorar más mamá. El sol brilla mucho, tengo sueño, déjame que te abrace mamá. Estás tan fría, ¿no te calienta el sol? yo lo haré. Oigo ruido, seguro que ya vienen mamá...ya vienen...dormiré contigo.
lunes, 13 de febrero de 2012
Soñó que...
Soñó que, cuando despertara, su cuerpo caliente seguiría allí, a su lado, respirando pausadamente, y él le rozaría el pelo, la abrazaría y olería el hueco de su cuello, soñó que ella se daría la vuelta y su sonrisa inundaría la habitación, y le regañaría por despertarla, soñó que ella se levantaba y se pondría su bata de color crema, y con legañas aún en los ojos, llenaría la casa de olor a café, y él la besaría en la cocina, y soñó que pondría la radio con ese locutor que él tanto detestaba, y que pondría las tostadas sobre un plato de loza con dibujos chinescos, y que ella misma untaría la mantequilla, y él la miraría y le volvería a decir que no entendía que escuchara a ese papanatas. Y ella volvería a sonreír y se iría a regar sus plantas, a saludar a su canario, a colmar de rayos de sol el salón. Y en el baño, mientras él se afeita, ella se ducharía y le diría con voz chillona que cerrase el grifo y que la ayudara a salir de la bañera. Soñó que salían a comprar el periódico, a comprar verduras en la tienda de la esquina, a mirar revistas en el quiosco y llamar a la familia. Y soñó que al verla se le derretiría el corazón, como había ocurrido durante los últimos treinta años. Y soñó que él ya no despertaría por quedarse con ella, pero las aves fueron crueles y le sacudieron el alma.
domingo, 5 de febrero de 2012
Suficiente
Con dos grados bajo cero y de madrugada Miguel llamaba incansablemente al telefonillo una y otra vez. - Por favor María, déjame subir, me voy a congelar. - Haberlo pensado antes de ver a esa tipa, por mi como si te mueres, vete a un hotel. - Sabes que no tenemos dinero para gastarlo en un hotel, déjame subir, no ha sido nada. - Sí tuviste dinero para irte con ella-.
María colgó el aparato y apoyó su frente contra la pared mientras una lágrima ardiente bajaba por su mejilla. Pero la ira se le agolpaba en la garganta y si le abría era capaz de matarlo. Su marido se había visto con una antigua compañera de colegio y había sido tan torpe que cualquiera pensaría que lo había hecho a propósito para que lo descubriera. Cogió violentamente el auricular y gritó -¡vete a su casa! allí seguro que te calientas-.
Miguel era incapaz de articular palabra, su vida se había desmoronado en unas semanas, no soportaba a María pero ahora lo que le parecía insoportable era la idea de no verla más ni dormir en su cama. A fin de cuentas, era su mujer. Pulsó el timbre con más insistencia aún. - Por favor, ábreme, hablaremos, dormiré en el sofá, pero déjame entrar en casa, me iré mañana si quieres-.
María abrió y se fue directamente al dormitorio cerrando la puerta de golpe. - Ni se te ocurra molestarme-. Él respondío con un tímido no.
A la mañana siguiente el desayuno estaba en la mesa, tostadas, café, zumo y magdalenas. Con una sonrisa y flores recibió en el comedor a su mujer, que traía los ojos empañados y ojerosos, fruto de una mala noche. Ni lo miró.
- Cariño, perdóname, he tenido una mala racha, creía que no estaba enamorado de ti pero sí lo estoy, perdóname-.
María clavó una fría mirada en sus ojos y no abrió la boca. Cogió el teléfono y marcó: - nena, llama al abogado que me recomendaste...sí, otra vez...ya lo sé, ya sé que me lo dijiste, no es el momento...no, no me importa...claro que le dejé subir finalmente, no iba a dejar a tu padre congelarse en la calle...si, está bien, hasta luego-.
Pasaron segundos que cortaron el aire y María respiró profundo y habló sin vacilar.
- Te advertí que ni una más. Ahora decido yo. Coge tus cosas y márchate, tres veces son demasiadas y ya te he perdonado bastante. Ni te reconozco ni te quiero, vete-.
Miguel entendió en ese momento que estaba recibiendo lo que él había buscado, pero qué victoria tan amarga. No pensó que iba a sentirse tan desolado y tan solo. Si al menos Carmen le hubiera dado una oportunidad, pero no quiso, ahora tendría que irse a vivir con su hermano. No era lo que él había esperado. Ahora se reirían de él. Se quedó mirando un instante la pared y se encaminó a la puerta - volveré por mis cosas luego.- Se fue pensando en su mala suerte y en cómo empezar de nuevo, pensaba si su hermano querría plancharle las camisas o cómo se iba a acostumbrar a comer de lata o en el bar todos los días. María se fue al baño y se miró al espejo, el corazón le dolía tanto que pensaba que iba a desmayarse, como si miles de cristales se le hubieran clavado. Sabía que esta vez era la definitiva porque no estaba dispuesta a ceder de nuevo. El nudo en la garganta se aflojó y empezó a llorar apoyada en el lavabo. Abrió el grifo de agua fría y se enjuagó la cara una y otra vez. El pecho subía y bajaba con violencia con sus sollozos. Presa del dolor dobló sus rodillas y se tumbó en el suelo mientras el agua seguía corriendo. Minutos después se levantó y empezó a tirar a la basura todo elemento masculino de la casa, colonias, cuchillas, cremas, las cervezas diarias que se tomaba, los paquetes de cigarrillos, su juego de mus, las películas de Bruce Willis y todas sus películas x que esconía en el cajón de su mesilla. Todo lo metió en una bolsa y lo dejó en la puerta. Luego, se vistió y se fue derecha a la farmacia a comprar pastillas para dormir.
viernes, 13 de enero de 2012
Chasquidos
Una mañana se despertó con un chasquido en la punta de la lengua. Pensó que se debía a algo que se le había olvidado, aunque no lograba recordar qué. Pero el chasquido no se iba, pasó toda la mañana con él en los labios, una y otra vez. No podía articular palabra. Empezaba a preocuparse, revisó sus listas, abrió la nevera cinco veces para ver si algo olía mal, miró debajo de los cojines, repasó álbumes de fotos buscando una ausencia o algo escurridizo, miró detrás de los cuadros, sacudió alfombras, y nada. Puso la televisión para olvidarlo, pero no se iba, chasqueaba y chasqueaba. Empezaba a tener ansiedad. No pudo probar bocado y salió a la calle, pero le dio miedo la gente y volvió. Si no era un olvido ¿a qué podría deberse? - se preguntaba. La lengua le dolía. Se metió en la bañera y hundió su cara bajo al agua, todo seguía igual. Ya derrotado y abatido, llorando amargamente, se miró al espejo y entendió. Entendió su olvido, entendió su soledad, entendió su enfermedad. Fue rápido en esos segundos de lucidez, cerró el grifo y se puso la dentadura.Día mundial del Alzheimer.
domingo, 1 de enero de 2012
Un rayo por recuperar, microrrelato
Entró el año nuevo con un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo, no era intuición o premonición, era puro frío. Entre los cartones corría el aire. La vieja manta raída poco podía hacer. Sabía que era día de año nuevo por los petardos, no solo los niños, también jóvenes y mayores se empeñaban en molestar con esos artilugios del demonio. Él les podía decir exactamente por dónde metérselos.
Vio un ratón corretear por la basura cercana, él ya había buscado allí, nada había aparte de vasos rotos de plástico, latas de conservas vacías, papel de regalo y restos de una cena donde nadie se quedó con hambre; sólo pudo aprovechar una masa parda que sabía a patata, o lo parecía, hasta había chupado los huesos de la carne del festín. Debió estar buena porque soltó un tremendo eructo nada más acabar. Y una uva, que por supuesto se comió.
Los petardos demoraban en marcharse, no lo dejaban dormir, algunos niñatos se burlaban de él al pasar, se reían con sus abrigos de lana y sus cabellos engominados. Niñas de dieciséis años los acompañaban, parecían clones unas de otras, melenas largas y lisas, vestidos cortos, medias negras. -¿En qué mundo vivimos?- pensó. Se rascó la cabeza y encendió un cigarrillo que tenía a la mitad. -Malditos. Que se jodan.-
Como no podía dormir sacó la fotografía que llevaba en el bolsillo del pantalón, el que aún no estaba roto. La cara de un hombre sonriente le miró sin conocerlo, la mujer a la que abrazaba miraba al cielo y el sol bañaba su cara. La playa de fondo. -¿Cuándo pasó eso?- El hombre no tendría más de cuarenta años, con algunas canas, su mirada transmitía algo de picardía y a la vez serenidad. Un rayo cruzó su mente y la dejó en blanco, a solas con ella. -¿Cuándo se fue?- Olía a caramelo y miel, siempre usaba esa colonia dulce. Estaba con ella en el baño, -¿por qué todo lo recuerdo de color dorado?- Su maquillaje, el color tostado de la pared, el moreno de su piel, los botes de crema blancos y marrones. Tenía una piel tan suave, una risa tan bonita. Hablaba sin parar, gesticulaba con las manos y hacía mil muecas con su boca, esa boca que tanto le gustaba besar. Cristales rotos estallaron a su alrededor y algo helado le empapó la cara. Era una botella de champán que habían tirado esos degenerados a sus pies. Los odiaba por haber robado su momento con ella. Ahora tendría que esperar a mañana para hacerla volver. O quizás si pudiera dormir la visitaría en sueños, pero ese frío no lo dejería. -Quizá esta noche vaya al albergue. Quizá así la retenga un poco más-.
jueves, 22 de diciembre de 2011
La oveja negra
La oveja negra, de Augusto Monterroso:
En un lejano país existió hace muchos años una oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras era rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.
Debo decir que aún pienso cómo se le hace a una oveja una estatua ecuestre, pero esto es un inciso mío.
Continuación de la historia:
Algunos siglos después, en aquel mismo país lejano, nació una oveja verde. Las demás no sabían qué hacer, pues solo antes las negras habían caído en desgracia. La oveja verde creció entre la indecisión de las demás y estudió Historia. En su madurez fue a ver a la manada de lobos negros, que se asustaron mucho al verla y no se la comieron. Llegaron a un acuerdo. En una noche fusilaron a todas las ovejas comunes y corrientes y la oveja verde murió de vieja.
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